sábado, 12 de octubre de 2013

ENVOLVER A LOS MÁS CHICOS EN LA MÚSICA DE LAS PALABRAS. Yolanda Reyes. Encuentro Iberoamericano de Bibliotecarios Escolares. Buenos Aires, Argentina, septiembre de 2013



Yolanda Reyes, escritora y pedagoga colombiana, disertó sobre la lectura en la primera infancia en el Encuentro Iberoamericano de Bibliotecarios Escolares, que se realizó en septiembre. Habló de su propia experiencia al frente de una biblioteca y del supuesto "los chicos no leen".

 “Nos emocionaste a todos”, dijo, micrófono en mano, una bibliotecaria mendocina, que pidió la palabra cuando terminó la ponencia. “Usted puso en palabras lo que siento cuando pienso por qué me decidí por este oficio”, completó otro bibliotecario, esta vez de la provincia de Salta. La conferencia había durado una hora y pese al calor – muy inusual para la época del año, casi 35 grados en un día de inicios de septiembre-  el público había permanecido todo el tiempo en la sala, silencioso, cautivo en el relato que Yolanda Reyes iba contando.
Les ofrecemos aquí un fragmento de esa charla, en el que ella cuenta y reflexiona sobre las vicisitudes que atravesó cuando en la década del 80, estuvo al frente de una biblioteca infantil, enclavada en un barrio céntrico de la ciudad de Bogotá.
Voy a contarles una experiencia del siglo pasado, de 1986. Yo era una maestra de colegio, común y corriente, que se preguntaba por el problema de la lectura. Y cuando digo que me preguntaba por el problema de la lectura, quiero decir que lo hacía en estos términos: ¿Por qué los niños no leen? ¿Qué hacemos para que lean? ¿Es que no les gustan los libros?
Para esa época, cuando dejé de ser maestra de grado, me ofrecieron en Bogotá dirigir –bueno, dirigir es un decir, porque en realidad era hacer un poco de todo- la biblioteca de la fundación Rafael Pombo (él es un poeta colombiano del siglo XIX).
El primer día, me entregaron unas cajas de libros, unas estanterías de colores, y me dijeron: hay que hacer una biblioteca porque el presidente, que en ese entonces se llamaba Belisario Betancur, fue a Dinamarca y vio la casa de Hans Christian  Andersen y dijo “qué maravilla, hay que hacer algo así  en Bogotá”.
El lugar, en este caso, era en el barrio histórico de La Candelaria y yo llegué a esta casa divina donde había alguien poniendo las luces y otro pintando las paredes. Abrí las cajas de libros, empecé a acomodar los de poesía en un estante, los de narrativa en otro, también había unos incunables, y me dijeron “rápido, rápido porque ya viene el presidente a inaugurar”.
Y llegó el presidente, con los invitados especiales, y cortó la cinta. Y el 7 de agosto se acababa el gobierno y esto fue el 6 de agosto, al mediodía.
De manera que el lunes siguiente, 10 de agosto, por la mañana, yo estaba en mi biblioteca mirando por la ventana y pensando “ahora sí, hay que hacer de esto una biblioteca, ya se fueron los invitados especiales”.  (Les estoy hablando del siglo pasado, de la idea según la cual las bibliotecas eran lugares reservados para lectores o para quienes estaban aprendiendo a leer. Y estoy hablando de un momento en el que se suponía que se aprendía a leer en primer grado).
Lo primero que pensé ese día fue: ya tenemos los libros, ahora hay que conseguir los lectores. Estábamos en una zona de oficinas del gobierno y casi nunca pasaban niños por ahí, pero cuando pasaban, yo golpeaba los vidrios de las ventanas y les decía: “vengan, vengan, que aquí  hay libros para ustedes”. Parecía la vieja de Hansel y Gretel. (risas)  
Entonces empezamos a invitar niños de las escuelas cercanas. Y la escena era más o menos era así: llegaban los maestros con sus grupos escolares, a pie o en grandes buses, y los maestros decían “vamos a estar en un lugar muy especial, ¡miren qué bien! ¡cuántos libros!,¡todos estudiando!,¡todos estudiando!”.
Entonces los niños tomaban los libros sin ganas, con mucha desconfianza. No hacían lo que hacen los lectores cuando ven un lugar llenos de libros, que es abalanzarse sobre ellos. Aquí hay algo mal, pensé, esto está raro.
Pero acuérdense, yo era profesora, común y corriente, y venía del problema de la lectura. Así que hacía de todo, no se imaginan las cosas que organizaba, concursos para buscar un libro, sopas de letras, los niños corrían por la biblioteca. Todo para que hicieran lo que hace cualquier lector, cuando encuentra un libro que le gusta y se sienta a leerlo. Y cuando finalmente lograba que cada niño tomara un libro pasaba el maestro y les preguntaba “¿qué libro eligió? ¿Y cuál es el tema? ¿Y la idea principal? Así que mi tarea se daba por terminada.
De modo que empecé a pensar: aquí hay una paradoja. Los maestros les enseñamos a los niños a leer y escribir, les entregamos el truco mágico, las piezas de lego con las que se pueden descifrar y escribir todas las cosas que la humanidad ha puesto en estos lugares cuando se ha ido, cuando no está, cuando vive lejos. Pero con esas piezas que les entregamos, también les entregamos la desconfianza frente a los libros.
Señor maestro, ¿y usted, qué está leyendo?, les preguntaba. “Yo, leer, la verdad que nada, no tengo tiempo, trabajo a la mañana, a la tarde”, me respondían. Pero eso sí, “hay que leer, niños, hay que leer para ser alguien en la vida”, ellos decían. Algo había mal ahí.
Es que los niños creen en lo que tenemos puesto, no en lo que decimos. Los niños, como los perros, saben quién los quiere y también saben qué de lo que decimos es verdad y qué, como decimos en Colombia, es “pura carreta”.
Pero al mismo tiempo que pasaba eso, vinieron dos públicos imprevistos que se colaron en la biblioteca y me cambiaron la idea de la lectura. Uno de esos públicos era el de los “gamines”, gamines les decíamos a los niños que estaban en condición de calle, que habían sido expulsados del sistema escolar y que vagabundeaban por ahí.
Estos chicos llegaban mucho antes del horario de apertura, con heridas en la cabeza, fumando cigarrillos. Bueno, no llegaban, irrumpían. Tomaban diez libros a la vez de los estantes, se llevaban los incunables que les conté e incluso inventaban historias porque muchos no sabían leer. Trece, catorce, quince años.
“Señorita, nos va a leer un cuento”, pedían. Y me traían un libro, por ejemplo “La bella durmiente”. Estos niños, que nunca se me olvidarán, sentados en los cojines con sus heridas, las reales y las simbólicas. Escuchando “érase una vez en un país muy lejano, un rey y una reina que no habían podido tener hijos”. ¿Pero qué significa para estos niños esto que digo? ¿Cómo puedo yo hablarles de palacios, y de reyes y de reinas?, me preguntaba. Y de pronto empecé a pensar: estos niños necesitan que los envuelva, durante el rato que dura el relato, entre palacios y reinas. Necesitan que en la mitad de este círculo se erija un palacio donde puedan vivir mientras dure la hora del cuento. Y era muy raro y muy triste que estos chicos que no habían tenido maestros, o habían sido expulsados de la escuela, necesitaran tanto de las palabras.
Al mismo tiempo, el segundo público imprevisto era el de los niñitos de dos o tres años que venía porque alguna mamá que trabajaba en alguna de esas oficinas de gobierno lo había llevado al médico y no sabía qué hacer con él. Y decía: “señorita, esta biblioteca es para niños? ¿Y él se podrá quedar un momentito mientras paso por la oficina?” Y entonces me dejaba al niño toda la tarde. (risas)
Y estos niñitos, que aún no habían pasado por la escuela, eran como mis gamines. Tomaban los libros más gordos, los miraban al revés, pasaban las hojas y se contaban una historia. Todo esto, muy entusiasmados.
De modo que pensé, hay algo terrible en la escuela. Algo terrible que nosotros, los maestros comunes y corrientes, enseñamos: la desconfianza frente al libro. Sigo pensando, no que somos malos, pero que un nuestro afán por enseñar, inculcamos una desconfianza atávica  y esencial a los libros.
Pero durante este tiempo, guiada también por las preguntas cuándo leemos, desde cuándo, cómo leemos y quiénes nos hacen lectores, pensé además que hay un momento difícil de la vida –que no es culpa de los maestros- en el que la magia y el misterio que esconden las palabras se esconde entre las trampas de la decodificación mecánica.
Hay un momento en que las palabras están ligadas a nuestra actividad de desciframiento vital: esa es la infancia, conquistar las palabras y hacer que nos lean historias. Pero de pronto la eme tiene que ir con la letra “a” para “ma” y hay que decir “su-si”, “pi-so”, “ca-sa”. Es un momento muy complicado cuando uno tiene seis años y tiene que aprender todo eso.
Entonces, ¿qué hay que hacer con esto? Porque por ese lugar hay que pasar, como cuando uno aprende a andar en bicicleta o a nadar. ¿Se acuerdan lo difícil que fue andar en bicicleta cuando alguien nos sostenía la silla y todo se tambaleaba? Aprender a leer, en el sentido alfabético, tiene mucho de eso.
Por eso hay que envolver a los niños, rodearlos, llenarlos de un acopio de historias, de palabras, de música de las palabras durante el tiempo previo al aprendizaje de la lectura alfabética. De modo que cuando llegaran a pensar en esas “trampas de decodificación” del primer grado, tuvieran un piso cognitivo y sobre todo una familiaridad  y una tranquilidad para jugar con las palabras. Porque lo que hacemos en la primera infancia para hablar es lo mismo que hacemos para leer: descubrir y recoger palabra. Lo que hacemos es pensar, todo el tiempo, en las palabras.

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